12.04.2008 3ª etapa

12 abril 2008 en 13:36 | Publicado en Empezamos | Deja un comentario
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Acabo de leer la última crónica. De eso hace ya cinco meses. Fue desde Vanuatu. Ahora me vuelvo a enfrentar a esta “hoja en blanco” y a intentar ordenar cronológicamente mis recuerdos. Es difícil. Han pasado demasiadas cosas y entre ellas, un viaje de ida y vuelta al otro lado del mundo.
Vanuatu. Ahí quedaron despedidas de dos barcos: Nerissa K que volvió a Canadá

y de Adaggio que continuó rumbo a Australia para finalizar así su vuelta desde Florida.


Nosotros, después de un mes descubriendo las islas del sur de este país, esperamos desde su capital (Port Vila),

un buen parte que nunca llegó, para dirigirnos a Nueva Caledonia. Fueron días duros de mucho viento en contra. Noches inacabables donde pequeñas roturas hicieron la vida un tanto desesperante y agobiante.
Días grises donde el principal protagonista era el aullido del viento y la salpicadura de sal en la cara.
Momentos que no se acababan pero que finalmente, acabaron. Llegamos a la isla de Mare ya en territorio francés. Descansamos dos días. Estábamos extenuados.
Finalmente, y todavía con bastante viento, nos dirigimos a Noumea (capital de Nueva Caledonia) donde llegamos un atardecer a la marina de Port Mouselle para hacer la entrada oficial a este nuevo país.
Aún no habíamos colocado todas las amarras, y ya estaban ahí la familia Mali Mali. Lourdes y Enric  dejaron BCN hace 8 años. Ese día ya eran cuatro.
Hablábamos y hablábamos compulsivamente. Tanto que oír y contar. Después de todos esos años, volvíamos a estar todos juntos y esta vez en nuestro propio barco.
Al día siguiente, Cuarentena vino a recoger a Suri. A pesar de mis súplicas, Suri tuvo que irse con dos señores y en una furgoneta para ser desinfectada y examinada. No me lo esperaba pero bueno, al menos, el mismo día que partía para España (cinco días después), por la mañana, nos la trajeron y nos acompañó a Joan Antoni y a mí al aeropuerto.
Ahora, 4 meses después, recuerdo ese trayecto como un espejismo. Iba callada. Odio coger aviones. Es mi fobia particular. Además, intentaba imaginar todo aquello a lo que me iba a enfrentar allá, a 35 horas de vuelo y de esperas. No podía. Debería esperar y darme tiempo para tantas emociones y experiencias,
desgraciadamente, duras y tristes aunque otras, de reencuentros, de nerviosismo y de estar allí como fue la boda de mi amiga Elena a tres días después de haber llegado. Un auténtico maratón para mi cabeza y cuerpo que estaban más acá que allá.
Intento recuperar las experiencias de una forma objetiva y clara pero no puedo. Todavía está todo aquí dentro sin ordenar y clasificar. Debería hacerlo pero duele un poco.
Objetivamente está la llegada a BCN. Viajo con mi hermana a Tarragona después de casi un día entero de espera por parte de ella en el aeropuerto. Llego a la casa de mis padres. Mi madre abre la puerta. Está tan guapa como siempre. El resto lo dejo ahí, en la habitación de mi padre.
Un día y medio después, me voy a BCN. El tren lleva retraso. Me entero de los problemas de RENFE y del AVE.  Otro reencuentro. Veo a Adriana con su barrigota. Esta vez van dos y Lola en el cochecito.  A 50 metros, aparecen Carlitos y Patricia. Nos tomamos una cañita rápida en el bar de enfrente. Nos miramos y
nos reímos. Me siento cómoda. Quedo con la novia para que me deje ropa. Llego a su casa antes que ella. Está totalmente invadida. Me siento más rara que un perro verde. La/los veo. Lleva casualmente, un jersey verde.
Hay nervios por todas partes. La tensión es inevitable. Pasa todo muy rápido. Son las 11 de la noche, y estoy en Pg. de Gràcia. Intento levantar la mirada y saludar a la Pedrera . Cuando lo pienso, ya la he pasado. Voy demasiado ensimismada conmigo misma.
Pensaba que sería más fácil, cómo la otra vez pero no, está vez  ya son más de 20000 millas a mis espaldas y ese peso cambia definitivamente.  Cada milla es un cuarto de hora de soledad, de recogimiento, de murmullo suave o de rugido agudo, de susurros y voces imaginadas, de color azul o negro, de Joan Antoni o de
Suri, de comidas fabricadas en un equilibrio precario, de estados de aletargamiento, de yo con yo y con más de yo. Pero sigo pensando que todo va muy rápido; que no me impaciente, que ya llegará el momento en que estaré ahí con todos ellos.
Y así fueron pasando los días, llegaron las fiestas de Navidad, otra vez el adiós rompedor, 6 de enero, autobús hacia el aeropuerto con Carlitos (gracias por estar tan pendiente de mi) y 35 horas más de vuelo hacia mi casa: Talula.
Allí quedaron  muchas noches de insomnio y de dolor. De una familia perdida ante la enfermedad, de unos amigos que han vuelto y otros que se han ido, de unos novios  situándose en su nueva faceta y de otros, batallando con nuevos proyectos empresariales o vitales. Y de millones de detalles que están rondando por aquí ahora y que formaron parte de esos casi dos
meses de estancia en España.
Ahora ya vuelvo a estar aquí. Las vueltas también son raras. Otro tiempo más para situarme. Estaremos en Noumea hasta mayo, que es cuando se acaba la época de ciclones en el Pacífico para reemprender nuestro viaje siempre al oeste. Y mientras tanto, estudiando francés, trabajando con barcos que hacen charters en estas islas y Joan Antoni, forrando ruedas y lo que se precie.  Ya hemos ahorrado casi lo que necesitamos para sacar el barco del agua de aquí a tres semanas, comprar un pequeño fueraborda  y unas baterías para el Talula.
Hoy es el tercer día de lluvia. Aún quedan como mínimo dos más. Nos está cruzando una depresión tropical. Al menos, esta vez es débil y no hay posibilidades de que se convierta en ciclón. Digo esta vez ya que hace un mes y medio, estuvo de muy poco que nos cruzara un ciclón (huracán en el Caribe o tifón en el Pacífico norte). Tuvimos que trasladarnos a un río de manglares y amarrarnos bien a ellos. Así pasamos tres días, oyendo los partes cada 4 horas, vaciando la cubierta, intentando mantener la calma y pensando en todo lo que se debía de hacer en caso de que llegara.
Pero hubo suerte y no cruzó Noumea. Lo celebramos con un arroz de cangrejos y un alioli en el Mali Mali volviendo ya a la ciudad y haciendo un alto en una bahía muy bien protegida y llena de montañas “infectadas de pequeños ciervos” que aquí son cómo los conejos en Australia, una plaga.
Empieza a oscurecer y me cuesta ver las letras en el teclado; nunca estudié mecanografía. Así que por hoy dejo ya de rasguñar los recuerdos que han quedado aquí dentro.
Antes de cerrar el ordenador y de decir hasta la próxima, sólo quiero decir adiós a mi padrino Juan. Lo reencontré un día en Caracas. Era el mismo de las fotografías  color sepia con puntos amarillos. Sólo fue un día. El resto, a través de internet: jaleo64.  Ahí, en la carpeta “padrino”, quedan sus palabras
cariñosas, alentadoras y revitalizantes. Para siempre. A él también le digo hasta la próxima. Aunque no sé dónde ni cómo.

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