27.07.2007 Otra del Pacífico

27 julio 2007 en 19:35 | Publicado en Empezamos | Deja un comentario
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 Hoy estoy sola; Joan Antoni se ha ido a dar la vuelta a la isla: son 60km. Yo he preferido quedarme en el barco. Tengo agujetas por todas partes. Ayer caminamos más de 15km hacia el monte Belvedere (desde el cual puedes apreciar las dos bahías que hay en la isla de Moorea) y llegamos al barco derrotados. Eso si, por el camino encontramos muchas papayas y hoy la red donde las almacenamos, está llena.

Mi última crónica desde Papeete (Tahití), os explicaba el cruce del Pacífico y la llegada a Fatu Hiva (Marquesas y primer archipiélago de la Polinesia francesa).

Tras 29 días de navegación sin ver tierra y diversos intentos de fondeo (había rocas en el fondo que no permitían que el ancla se clavase), llegamos a la bahía de Hanavave. Fue como volver a nacer. El escenario consistía en montañas que se erguían altas, jóvenes y caprichosas en formas y colores;

el atardecer empezó a ser engullido por esas rocas, que a cada minuto, los colores ocres y verdes de la vegetación, se iban encendiendo para llegar a su máxima intensidad, segundos antes de que el sol desapareciera por mi espalda. Tal vez estuve una hora sentada en la cubierta, contemplando un paisaje que nunca hubiera imaginado. Dormí como nunca había dormido en mi vida esa noche.

Fatu Hiva fue para mí la entrada a un mundo totalmente nuevo y desconocido; fue pasear por auténticos vergeles de árboles del fruto del pan, mangos, papayeros, limoneros, naranjos y un largo etc que no supe reconocer. Fue comer los mejores pomelos del mundo; dulces y grandes como melones; el desayuno perfecto y la fruta ideal para almacenar durante meses sin que se estropee. Fue la cena marquesiana a base de pescado crudo macerado con lima y leche de coco y acompañado de diferentes tubérculos (algunos dulces y otros picantes) y del fruto del árbol del pan que bien asado es muy rico.

 Fue estarse dos semanas sin comprar nada con dinero. A los marquesianos les encanta el trueque y además, tienen todo el tiempo del mundo para negociar, cosa que a Joan Antoni, lo hacía sacar de quicio por su impaciencia propia de los europeos.
Fueron días divertidos que intercambiamos colonias, pinzas para el pelo, pulseras y un cabo larguísimo por millones de pomelos, limones, mangos, papayas, huevos, pan fresco y un pollo. Una vez que negociamos todo, la señora nos dijo que pasáramos a las 5 de la tarde.
Intentamos adelantar la hora pero no hubo manera. La razón era, que el pollo lo cazarían en el momento que le pusieran la comida a los cerdos. Así que, una vez el pollo estuviera comiendo, con un machete…. zas!!.
Ahora solo os puedo decir que fue el pollo más duro que he comido en mi vida.

Los marquesianos son amables, gentiles y grandes artesanos de la madera y de la piedra. Los Tikis (pequeños hombrecillos con traseros respingones y ojos saltones),

 las máscaras y las Tapas (dibujos realizados a partir de diferentes cortezas de árboles tropicales) son sus mejores creaciones.
La población es obesa por lo que a estas alturas, no acabo de comprender el tópico de la mujer polinesia.
Pero bueno, supongo que tras meses de navegación, los europeos cuando llegaron a estas tierras, alucinarían viendo a las mujeres con un taparrabo, con los pechos al aire y con coronas de flores en la cabeza, costumbre que por cierto, aún realizan cotidianamente.


Solo el tema de las flores. El resto, la evangelización se ha encargado de volverlos tremendamente pudorosos y eso sí, muy cristianos.

Después de 2 semanas en Fatu Hiva, saltamos a Hiva Oa para hacer la entrada al país. De Hiva Oa pasamos a Tahuata (descanso en un fondeo tranquilo y de aguas transparentes), Ua Pou, cuyas montañas, eran de un aspecto totalmente lunático y Nuku Hiva.
En esta última estuvimos en varios fondeos y disfrutamos de paseos

donde aprovechamos para recolectar mangos de diferentes variedades, ver cascadas altísimas, ser mordidos por los “nonos” (pequeño insecto que te deja una roncha del tamaño de una peca grande), y disfrutar de la compañía de Javier Coronado (un español que lleva 8 años viviendo en esta isla) y que nos ayudó muchísimo cuando rompimos la bomba del motor durante el cruce.

Después de casi un mes en Marquesas, saltamos al archipiélago de las Tuamotú.
Las Tuamotú, son atolones donde por una entrada libre de coral, pasas del océano abierto a una laguna de aguas tranquilas.


Tuamotú fue chapoteos entre peces de muchas formas y colores, de algunos tiburones, curiosos y muy feos, de formaciones de corales caprichosas e insólitas, de paseos en bicicleta por el primer motu, que era a su vez el segundo más grande de todos los atolones de este archipiélago, de grandes comidas a base de
pescado que nos regalaron otros navegantes y locales del segundo atolón llamado Toau y de conchas, perlas negras y una mandíbula de tiburón que le regaló Valentinne a Joan Antoni.


Fueron días de tranquilidad y de más roturas en el Talula. Aquí descubrimos que el enrollador de Génova estaba roto y durante la navegación hacia aquí, escuchamos un fuerte estallido en la cubierta en plena noche. Cuando salimos, vimos la trinqueta balanceándose por la proa. Costó gran esfuerzo poderla estivar ya que entre el oleaje y el viento, que ese día, le dio por soplar fuerte, intentar fijar algo, era casi una osadía.
Pero bueno, aquí pudimos leer, nadar, compartir buenos momentos con amigos y locales y poder ver de cerca, 8 tiburones crías, que se acercaron a menos de 2 metros de nosotros y que nos hizo salir del agua como alma que lleva el diablo ya que cuando son todavía crías, no están familiarizados con el ser humano por lo que se vuelven tremendamente curiosos y osados para la integridad de tú cuerpo.


Y de las Tuamotú y con gran pesar, nos fuimos a Papeete, siguiente archipiélago llamado Societé de la Polinesia francesa.


Allí fueron tres semanas en una boya del Tahiti Yacht Club, reparando la bomba del motor, la trinqueta y el enrollador de génova que un técnico nos dijo que había que cambiarlo por uno nuevo por el módico precio de 2500E. De este último arreglo, conseguimos gracias a la ayuda de Marc del Ratafía y de Marc del Rantanplán, un enrollador de segunda mano por bastante menos.
Fueron tres semanas donde Suri siguió castigada sin poder bajar a tierra (lleva así ya 5 meses) por la normativa francesa.
Y en los últimos días, fueron paseos por la isla gracias a Marc Rantanplán, que nos dejó su coche y así pudimos disfrutar de Tahití y hacer un poco de turismo.
Estos dos Marcs, son navegantes que llegaron a Tahití con la idea de pasar unas semanas y ya llevan 14 años. Han sido de una gran ayuda sobre todo para Joan Antoni, que se lo llevaban por todas partes para conseguir herramientas, materiales y demás que por nuestra cuenta, hubiera sido imposible.
Y el último salto ha sido Moorea.
Estamos fondeados en la bahía de Opunohu. Cuando entras a la laguna, se impone de inmediato las montañas de esta isla. Son muchas y de muchos tamaños por lo que recuerda un electrocardiograma funcionando.


El agua es tan transparente que a 8 metros se ve el fondo perfectamente. Estamos rodeados de barreras de corales y al final del fondeo, hay un hotel de palafitos.


Aquí ya llevamos casi una semana. De hecho, de momento nos tenemos que quedar aquí al menos 3 a 4 días más, ya que está pasando un frente frío de vientos fuertes y olas de 4 a 5 metros.

Y las últimas islas que visitaremos de la Polinesia francesa serán: Huahine, Tahaa y probablemente, Bora Bora.  A mediados de julio saltaremos a Niue (unas 1200 millas al oeste) para pasar luego a Tonga, Fiji, Vanuatu y Nueva Caledonia, donde llegaremos a finales de octubre para pasar la temporada de huracanes del
Pacífico.
Un beso con sabor a papaya desde Moorea y hasta otro momento,
Laura

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