10.09.2005 Pánico, brujas y averías

10 septiembre 2005 en 22:02 | Publicado en Empezamos | Deja un comentario
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 Como siempre estos inicios son los más difíciles y aún más, cuando hace al menos dos meses que no me pongo delante del ordenador para contaros como va nuestro viaje. La culpable de este retraso ha sido sin duda la “bruja averías” que se ha instalado en el Talula sin aviso y como Pedro por su casa. Esperemos que en pocos meses, si si, en pocos meses, le podamos dar una buena patada y sacarla de nuestro barco aunque sin garantía de que no vuelva más.
Pero dejemos esto para más adelante ya que la crónica será básicamente explicaros nuestros incidentes, averías y demás que hemos tenido a lo largo de estos dos últimos meses esperando no ser demasiado técnica y no aburriros con nuestras desgracias. Bueno, hago ya el “salto” y me voy a los últimos días en Salvador de Bahía, donde tocó la hora de las despedidas después de más de tres meses de estancia en esta bellísima y querida ciudad.

 Dijimos adiós a muchos amigos y también conocimos en el último momento a navegantes que brillaron por su peculiaridad como fueron David y María Inés, un galés de 72 años, cuya vida es un sinfín de historias inacabables y a cúal de ellas más alucinantes y María Inés, una venezolana de profesión cineasta, que lo conoció un día por tierras venezolanas hace ya más de 5 años, y que ahora ya vuelven a estar en ese principio tras haber dado la 2ª para David y la 1ª para María Inés vuelta al mundo. Y a Patricia, una argentina de la Patagonia, que un día decidió con su hermana gemela construirse un barco de acero para navegar por todo el mundo. Lo sorprendente de ello, es que de navegación sus conocimientos eran nulos pero no dudaron por ello en intentarlo y finalmente conseguirlo. De hecho, la conocimos en Salvador de Bahía con unas cuantas millas ya en sus espaldas y con el barco casi a punto, digo casi ya que todavía tenía que instalar el depósito de gasoil entre otras cosas. Viva la voluntad y la tenacidad.


Así que con lágrimas en los ojos, soltamos amarras y empezamos a navegar hacia el norte de Brasil con la primera parada en Maceió, de la cual puedo destacar sus playas y la zona donde estábamos fondeados, ya que era en frente de un club náutico a donde tenías que llamar por radio para que te vinieran a recoger con una lancha y poder desembarcar en tierra. El problema de que no lo pudiéramos hacer nosotros, se debía a la cantidad de porquería acumulada que había en la playa en donde era imposible encontrar un agujero para dejar tú auxiliar, por lo que te obligaba a recurrir a este servicio que no dejaba de ser tremendamente desagradable ya que cada vez que pisabas la orilla, tenías que sumergir tus pies entre peces muertos, bolsas de basura, restos de comida en estado de putrefacción y más cosas que prefiero no recordar.
La siguiente parada fue Recife y reencuentro con “Ospray de Boston”, nuestros amigos ingleses que conocimos en Gambia. El lugar se llama Pernambuco Yate Club y no era más que un restaurante con un embarcadero al final de un rompeolas, una ducha en el lavabo del restaurante y una especie de tejado con barbacoa. Total, aquí pasamos tres semanas inolvidables haciendo cenas casi cada noche y barbacoas los fines de semana con los otros barcos (todos ingleses), en donde el alioli triunfó con las alitas de pollo y en donde la cena estrella fue a base de langostas cocinadas de diversas maneras.


Pero al final de estas tres semanas y con muy pocas ganas de continuar hacia el Norte (cada vez nos quedaba menos visado), partimos hacia Natal y es aquí donde empieza a actuar la “bruja averías”. Se nos rompe la puntera de la botavara que tras desmontar toda la pieza conseguimos solucionar el problema con “Joao torneiro”, haciéndonos una buena soldadura. Al ver su buena predisposición, decidimos sacar el depósito de inox de gasoil que empezaba a perder de una forma considerable. Así que lo vaciamos y después de tres días de soldaduras y con el hombre que ya no nos dormía por la noche, lo volvimos a instalar esperando que todos los agujeros estuvieran soldados. Pero no, al día siguiente había gasoil en la sentina, así que volvimos a vaciar y esta vez lo pusimos en manos “de un profesional del acero inoxidable” que, después de cobrarnos el doble, eso sí de hacer la soldadura con una máquina alemana (éxito garantizado según él), volvíamos a estar igual que al principio. Así, que ya hartos de depósito, le pusimos una especie de resina por las zonas más castigadas esperando que aguante hasta ser cambiado por uno nuevo. Pero aquí no queda todo, ya que después de 20 días trabajando en Natal sin visitar nada, decidimos un día conocer algunas playas y partir hacia Galinhos, un lugar tranquilo y parece ser que muy bonito, para descansar unos días y poder limpiar el casco que iba a tope de toda clase de moluscos autóctonos de Brasil. Así que la noche antes de partir, y ahora viene el apartado pánico del título, Joan Antoni se levanta del sofá. Se fija en algo que hay en el suelo del salón y que le llama la atención. De repente pega un grito y me dice: Laura, aquí hay una serpiente!. Yo me lo miro con cara de circunstancia y le digo: Joan Antoni, estamos fondeados en medio de un río a más de 200 metros de la orilla, como quieres que haya una serpiente? Pero tal como lo iba diciendo, me iba levantando del sofá para ver que era aquello cuando doy un grito de espanto y dando un salto como nunca lo he dado en mi vida, me situé fuera del barco gritando a JA que saliera inmediatamente. Y ahí estaba, deslizándose por el salón una serpiente

 de más de metro y medio de largo y nosotros paralizados del pánico sin saber que hacer para sacar ese bicho del barco. Después de intentos frustrados, me armo de valor y con el auxiliar me voy a tierra a pedir socorro a los bomberos. En media hora se presenta un camión con todas las luces encendidas y yo explicándoles, que no hacía falta el camión, que el problema estaba en un velero en medio del río y que me tenían que acompañar. Pero la ironía de la vida hace que a uno de los bomberos le de miedo las serpientes y al otro el agua. Y ya me ven a mí (haciéndome la loquita como diría Echenique), rogándoles que se subieran a la zodiac, que Joan Antoni me estaba esperando en el barco. Y en 15 minutos, la “belesa” que fue como la llamó uno de los bomberos, la cogió por la cabeza y la metió en una funda que había cosido para “mejores usos” y así, bomberos Jota y serpiente, se fueron todos a tierra

 y yo me quedé en el barco sin saber dónde colocar los pies y pensando: si hay una porqué no puede haber dos?.
Con el susto todavía en el cuerpo, partimos hacia Galinhos aunque no llegamos a tiempo para hacer la entrada por un canal de poca profundidad (había que hacerlo con marea alta), así que decidimos continuar hacia Fortaleza. Esa noche el viento empezó a subir. Decidimos hacer una maniobra en la que hacía falta todas las manos disponibles pero el piloto automático decidió romperse en ese momento. Toda la noche por delante, cansados y hay que ponerse a la rueda. Pero el viento sigue subiendo, y Talula empieza a descontrolarse, así que en otra maniobra, rompemos freno y contra de la botavara y en una trasluchada supuestamente controlada, con la escota de la mayor, me da en todo el cuello que no me voy al agua de puro milagro. Finalmente destrozados y yo otra vez haciéndome la “loquita”, decidimos ponernos a la capa para descansar un poco. Al día siguiente fue más de lo mismo: viento y destrozos. Pero bueno, finalmente llegamos a Fortaleza y en 15 días conseguimos solucionar todos los problemas contando otra vez con la inestimable ayuda de Oriol, nuestro soporte de navegación mientras cruzábamos el Atlántico aunque esta vez, moviéndose por todas partes, para enviarnos piezas de recambio del piloto que finalmente pudimos hacerlas en Fortaleza.
Otra vez a punto, y con el ordenador también funcionando, como podéis imaginar también se estropeó, abandonamos Brasil ya que después de 6 meses, el visado no daba para más.

 Otra vez con lágrimas en los ojos y con mucha melancolía, fuimos dejando este país grande en territorio y en hospitalidad, en donde te reciben  con los brazos abiertos y te ayudan en todo lo que pueden. Buena gente en definitiva.
Y aquí estamos, en la Guayana francesa, descansando después de tanto estropicio que se remató con mi olvido de cerrar una escotilla de popa y que una ola aprovechó para entrar completita en el camarote e inundarlo absolutamente todo.
En estos momentos nos encontramos en las Illes du Salut, al lado de la isla del Diablo en donde pasa la acción de “Papillon”, interpretada por Luis Defunes, ay perdón, por  Dustin Hoffman y esperando que sea 29 de septiembre, para ver un lanzamiento de un cohete desde el centro espacial que hay aquí en Kourou. Mientras tanto, visitaremos un poquito los alrededores e iremos a Cayenne (la capital), pero poco más ya que es un país ridículamente caro. Así que pasaremos básicamente nuestra estancia en las Iles du Salut y después directos a Tobago, a la isla más bonita del Caribe anglosajón para pasar luego a Trinidad, paraíso de los navegantes, ya que en la bahía de Chaguaramas, está llena de marinas, varaderos y tiendas náuticas.
Mil besos a todos y espero no ser tan tardona en la siguiente crónica,
Laura

 

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