15.01.2009 Penúltima crónica

15 enero 2009 en 21:13 | Publicado en Empezamos | Deja un comentario
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Ya son muchos los días que voy buscando excusas para no ponerme delante de la que tal vez será, la penúltima crónica. Y, ya son muchos los días, que busco esas palabras enmarañadas en mi mente para poder volver a hablar de este viaje.
Tras dejar atrás Port Moresby (Papúa Nueva Guinea), teníamos más de 1000 millas por delante nuestro hasta llegar a Indonesia.
Después de un estrecho de Torres que cruzamos a gran velocidad,

 con viento y corriente siempre a nuestro favor, y tras un avión de la Guardia costera australiana que nos pasó casi “rozando” el mástil mientras estábamos montando el tangón para configurar las velas (estuvieron llamando antes por la radio pero pensábamos que llamaban a otro barco), llegamos al mar de Arafura, tirando por el lado de sotavento, todos los desechos orgánicos que generábamos. Os cuento esto, ya que antes de salir de Port Moresby, tuvimos que enviar –es obligatorio-, un e-mail a Australia para decirles que íbamos a cruzar sus aguas. Rápidamente nos llegó su respuesta diciéndonos tooooodo aquello  que no se podía hacer en sus aguas, entre ellas, tirar productos orgánicos por la borda. Y a mi cómo que cada vez me caen peor los australianos (no enumeraré los motivos pero os aseguro que cada vez son más), pude realizar mi pequeño acto de rebeldía, tirando las pieles de las frutas que consumíamos y asomando “mi culito” por la borda cuando las necesidades apremiaban o eso digo yo, también estaba prohibido?.
Tras más de una semana de navegación en un Mar que no superaba los 40 metros de profundidad y de un color verde intenso, llegamos a Indonesia.

 

 

Este gran país formado por miles de islas, fue desde un principio para mí, una gran decepción.
Indonesia, en estos pequeños recodos de mi memoria supone Nasi Goreng y cerveza Bintang casi cada noche para cenar.

Navegaciones sin viento y corriente en contra. Fondeos cuyas playas eran vertederos de basura. Dragones de Komodo y macacos pescando cangrejos en la isla de Rimca.

 Cientos de pescadores, de redes a esquivar y de zambullidas al amanecer en plena navegación (entonces sí que teníamos viento), para arrancar enjambres de sedal y cuerdas de la hélice. De islas y más islas abrasadas por el fuego. De un poder corrupto y de blancos (australianos) todavía más corruptos amparándose en la corrupción de los locales. De la isla de Bali, bonita y llena de encanto

 

pero tan explotada y ocupada que en breve será insostenible de tanta construcción, demografía y turismo.  De atardeceres en el sur de Java donde miles de zorros voladores cruzaban el horizonte en busca de bananas y papayas silvestres en las montañas y de un fondeo en el cráter que dejó la explosión del mítico volcán Krakatoa hace ya más de un siglo.
Y así, después de más de dos meses y medio en este país, saltamos a Malasia tras el cruce de la vía de navegación que rodea Singapore y que probablemente, sea una de las más transitadas.


Malasia fueron saltos de marina en marina. Remontar el estrecho de Malaca. Navegaciones cortas pero intensas de tráfico de mercantes y pescadores. Aguas sucias todo el tiempo y del fondeo en un río (Port Klang), donde cada día con el bichero, tenía que apartar toda la basura que se acumulaba alrededor del Talula (incluido un gato muerto a punto de reventar).
Fueron días de reparaciones,

de mal humor y de distanciamiento en el Talula. Fueron días de nuevas amistades que han quedado ahí por siempre.

 Fueron días de cambio y de crecimiento duro pero necesario.
Malasia fue la isla de Penang. Noches en el barrio hindú. Rotis y los mejores tandoris en el Mustafás, calamares rebozados en el “restaurante” chino más sucio de Penang, donde las ratas estaban tan saciadas que retozaban por debajo de las mesas ante la indiferencia de los clientes menos de la nuestra.

De una marina en dónde a partir de los miércoles, ya no se podía dormir hasta las tres de la madrugada, ya que la discoteca que albergaba el recinto, estaba totalmente descubierta. De numerosos templos, paseos, pensamientos y más pensamientos…
Y también fue Langkawi. Última isla antes de partir hacia Tailandia. Cargamos bodegas, salida del país y rumbo a Phuket. En este trayecto de 120 millas,  hicimos varias paradas en islas donde las aguas volvían a ser limpias y de escenarios dónde, una vez más, la naturaleza se imponía soberbia y desafiante  ante la medida humana.


Llegada a Phuket. Fin de Año en el barco de unos amigos y empezamos el año sin saber qué hacer de nuestras vidas. Continuamos? Nos quedamos un año más por la zona y aprovechamos para pintar aquí el Talula? Qué haremos en España cuando lleguemos con tanta crisis? Es aconsejable hacer este año el Mar Rojo?. Y así fueron pasando los días hasta que el día 10 de enero tomamos la decisión: Mar Rojo, Mediterráneo y vuelta a casa.
Y así tras 1600 millas más a nuestras espaldas y con el alma un poco más en calma, hoy os estoy escribiendo desde un atolón de las Maldivas (probablemente el más feo de todos al menos visto desde el mar). Tranquilidad, sol, arena blanca, aguas transparentes, un poblado encantador con casitas hechas de coral y calles de arena sin asfaltar, un pozo donde puedes coger agua dulce y lavar la ropa y unas gentes humildes pero tremendamente hospitalarias cómo rige su costumbre musulmana.


De un día de ayer donde pescamos 15 calamares por lo que pude hacer finalmente, un arroz negro y unos calamares a la cerveza que compartimos con nuestros amigos suecos del Eos.

Y mañana, de una cena en el poblado y al día siguiente, de una excursión a otra isla.
Luego serán 1200 millas más hasta Omán (Salalah),

que será desde donde envíe esta crónica, para saltar a Yemen (país del que tengo grandes expectativas) y atravesar con otros veleros,  la zona marítima más conflictiva que es el Golfo de Adén. Allí serán días con todos los sentidos a flor de piel y con la tarea aprendida de cómo hacer un SOS a través de las radios en caso de amenaza de piratas. Navegaremos por un corredor de seguridad en donde la flota internacional está presente y que una vez superado el estrecho de Bab el-Mandeb, quedarán atrás los piratas pero entonces, las noches de insomnio vendrán por los fuertes vientos que soplarán del Norte y que nos harán buscar refugio en las costas de Eritrea, Sudán y Egipto y esperar con mucha paciencia a que Eolo se despiste un poco, para seguir remontando ese mar Rojo hasta llegar al Mediterráneo, donde, con nuestro querido Serrat y una botella, esta vez de Champagne francés comprado en Nueva Caledonia, será descorchado y regado sobre la cubierta del Talula para darle las gracias por habernos llevado de vuelta a nuestro querido Mar Mediterráneo.
Aún falta al menos dos meses para ello, pero así será.
Cómo tantas veces he soñado y deseado.
Cerrando un ciclo más de mi vida.
Cada día más cerca de todos vosotros y tan lejos de otros,
Laura

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